Páginas

miércoles, 16 de octubre de 2013

Madres ¿con formato nuevo?


Ya casi nadie discute que la maternidad no tiene una sola forma. De hecho, con parir no alcanza para serlo. En estos días, en los que nos acercamos a la fecha que se eligió para celebrar a las madres, me vienen a la mente, especialmente aquellas mujeres que por una o por otra razón no lo han sido y hubieran dado mucho por tener esa alegría. Mujeres que por infertilidad propia o la de sus maridos no engendraron, o porque no encontraron una pareja con quien tener un bebé o porque no pudieron/se animaron a adoptar un niño que otros habían abandonado…

En estos días me viene a la mente todo el reservorio de amor maternal que hay en el mundo y que todavía no tiene destino. Y es por esto que la historia de María y Ana (dos nombres ficcionales que entrañan una historia real) me aparece con especial fuerza.

María formó pareja por segunda vez con un hombre que tenía dos hijos cuando la conoció y  también clausurada su paternidad. Ella lo aceptó. Yo me imagino que tal vez albergó la esperanza de que con el tiempo él cambiaría de opinión, de que con los años lo convencería y tendrían juntos un bebé. Pero el tiempo pasó y eso no sucedió. Cuando María estaba por cumplir 41 años, y diez de casada, la crisis se desató. Ella no quería dejar de tener un hijo. Le rogó, se peleó, amenazó con dejarlo pero él le respondía que la amaba con toda su alma, pero que no quería otro hijo. El intentó convencerla de que mirara las cosas de una manera diferente, pero María no podía. Estuvieron al borde del divorcio casi un año y medio hasta que las aguas se aquietaron. Siguieron juntos, pero María quería ser madre y ahí es cuando entra Ana en escena.

Ana vive en un Hogar para niñas que o bien son huérfanas o bien sus padres no pueden o no quieren tenerlas en sus casas. Ella es un doloroso ejemplo de esto último. Su padre no quiere vivir con ella y casi nunca la visita. Tampoco su abuela.  Por esas cosas ¿inexplicables? de la vida, María comenzó a colaborar con este Hogar y cuando conoció a Ana y su historia, pensó que tal vez había para ambas una oportunidad y no solo tristeza.  María se fue acercando a Ana de a poco, dando un rodeo para ni asustarse ni asustar. Con paciencia y con cariño empezó por llevarle libros y contarle las películas que le gustaban. Después le enseñó a  jugar a las cartas y cuando ya tenían un vínculo, (previo acuerdo con las autoridades del Hogar), la invitó a almorzar una mañana ventosa de mayo. Ana accedió con precaución. Con los meses,  la una se fue acostumbrando a la presencia de la otra, a salir al cine, a comprar cosas y a reírse de sus mutuas excentricidades. También tuvieron sus primeras discusiones, siempre después de que el padre de Ana la visitara, las poquísimas veces en las que lo hacía. La niña quedaba triste y rabiosa por semanas y se desquitaba con María. Durante un tiempo María aguantó, aguantó todo con los puños cerrados y la garganta anudada, no quería perder su relación con Ana. Después de meses, de tires y aflojes se dio cuenta que se estaba poniendo triste. Entonces reunió coraje y habló con Ana. Le contó cuanto la quería y cómo disfrutaba de su compañía, pero que le dolía mucho que la maltratara. Vinieron meses de impasse en los que Ana no quería ver a María  o la citaba en horarios ridículos por lo temprano a la mañana o lo tarde a la noche. María temía lo peor, temía que esa niña que había aprendido a amar le cerrara definitivamente el acceso a su vida y a su cariño, que la dejar fuera de su vida.  Pero por aquello de milagroso que tiene el amor, eso no fue lo que sucedió.

De a poco, Ana dejó de agredir a María y comenzó a contarle lo que el duele, lo que le pesa y también a pasar los fines de semana con esta mujer que  la eligió para hacerle de madre. Con todo lo que eso implica. A veces las salidas no son tan idílicas, Ana es pre adolescente, y otras veces hasta se aburren, pero así es … con tu madre, a veces te aburrís. Y así están hoy, después de tres años de conocerse.
Cuento la historia de María porque cada vez que he compartido su experiencia con mujeres que no tienen hijos y no han dejado de desearlos, su experiencia resulta sanadora. También la comparto porque por cada mujer que desea invertir su energía amorosa, hay una niña o un niño que otros han malquerido. Y yo no puedo dejar de ver en esta realidad oportunidades infinitas.


¡Feliz día a todas las madres reales y potenciales!

viernes, 4 de octubre de 2013

La semana pasada estuve trabajando con un grupo en temas de liderazgo, y un señor que se llama Kent me regaló el texto que sigue. Me contó que lo tiene pegado en la puerta de la heladera de su casa para poder mirarlo todos los días. El regalo me pareció tan hermoso que lo comparto con ustedes.

ACTITUD

Por Charles Swindoll


“Cuanto más vivo, más me doy cuenta del impacto de la actitud en la vida. La actitud, para mí, es más importante que los hechos. Más importante que el pasado, que la educación, que el dinero, que las circunstancias, que los fracasos, que el éxito, que lo que otras personas piensen o digan. Es más importante que las apariencias, el talento o las habilidades. Construirá o romperá una empresa… una iglesia… un hogar. Lo notable es que todos los días tenemos la posibilidad de elegir con qué actitud encararemos ese día. No podemos cambiar nuestro pasado… no podemos cambiar el hecho de que las personas actuarán de cierta manera. No podemos cambiar lo inevitable. Lo único que podemos hacer es tocar la única cuerda que tenemos y esa es nuestra actitud…

Estoy convencido de que lo que me sucede en la vida es un 10 por ciento y el 90 por ciento restante es cómo reacciono ante eso que me sucede. Y lo mismo te pasa a vos… somos responsables  de nuestras actitudes.”

viernes, 20 de septiembre de 2013

Los invito a ver la nota que me hicieron a propósito de la salida de mi libro:

 AHORA YO. Ser mujer, tener 40 y elegir tu vida. http://www.youtube.com/watch?v=Iqdt_d7vfO0

Saludos!

 

jueves, 12 de septiembre de 2013


¿Cómo viene tu proyecto? ¡A salir del sobre!

Estoy convencida que las mujeres tenemos un talento especial para hacer listas. Las hacemos para las compras, para la infinidad de actividades que realizamos, para llamar a las personas con las que tenemos que contactarnos, para registrar las ideas que necesitamos recordar…

Las mujeres somos expertas en hacer listas porque tenemos muy poco tiempo para hacer demasiado y esta preciosa herramienta nos permite tener en mente lo que necesitamos llevar adelante, en un estricto orden de prioridades. Y así hacemos milagros con las 24 horas que tiene el día.

El problema es que con tantas listas y con tanto que hacer, aquello que tiene que ver específicamente con nosotras, con nuestras necesidades y deseos tiende a  ubicarse en los renglones más bajos de esas listas. Y toda mujer sabe lo que eso significa: lo que está al final suele postergarse hasta que haya tiempo, hasta que se presente un “hueco” en la agenda. Y así pasan días, meses, incluso años sin que nos concentremos en nuestros propios deseos, necesidades y proyectos. Secretamente nos decimos que cuando los chicos crezcan, que cuando el trabajo afloje un poco, que cuando nuestra pareja pueda ocuparse de algunas cosas que hoy recaen sobre nosotras, entonces habrá tiempo para eso. Pero no es cierto. Como yo lo veo, la única forma de poder concretar nuestros proyectos y de darle espacio a nuestros deseos y necesidades es colocarlos en los lugares más altos de nuestras listas, de lo contrario, la postergación se convierte en un deporte que nos deja tristes y frustradas.

Por eso, ¿cuál es tu proyecto? ¿Qué es lo que te apasiona y quisieras hacer pero para el que no te estás dando el tiempo necesario? ¿Cuáles son los sueños que te mueven y que serías feliz concretando? ¡Hoy es el momento!
Como dice Verónica Reza, una amiga querida en un poema que se llama Semillas Deseo, los proyectos, deseos y sueños que cada una de nosotras tiene son como semillas que para desplegarse, necesitan algo de ayuda y enormes dosis de responsabilidad. Ella lo dice así:

“en este sobre se hallan agazapadas semillas-deseo
algunas germinarán, otras no
las semillas-deseo, para poder brotar, requieren de varias cosas:
primero, salir de este sobre
segundo, encontrar un ambiente apropiado para poder crecer
no el asfalto
no el vidrio
cada semilla tiene su propio tiempo
y sus propias necesidades de temperatura, sol y agua
sembrar un deseo no significa necesariamente que vaya a germinar
regarlo, cuidarlo y responsabilizarnos por él, probablemente aumente sus posibilidades
en todo caso, en primer lugar,
necesitan salir de este sobre”.

Ahora que viene la primavera, ¡a salir del sobre!



miércoles, 28 de agosto de 2013

El 29 de agosto es el día del Abogado. A continuación la entrevista que el hice a fines de marzo de 2008 a la doctora Berta Goligorsky, una mujer que honró su profesión, amando y defendiendo a los más pobres y desprotegidos. Un pequeño homenaje a una gran mujer.


La celebración de la vida

Cuando la conocí, era abogada, tenía 96 años y desde hacía 58 años asesoraba y defendía a los más humildes de entre los humildes. Una historia conmovedora de amor y servicio.

“He tenido mucha suerte en mi vida”, afirma la Dra. Berta Goligorsky, mientras nos sentamos a conversar en su luminosa y austera oficina, “no sólo porque pude ser abogada que es lo que más me gusta en la vida, sino porque desde hace 58 años que comparto el estudio con el mismo socio, el Dr. Néstor Elicabe (88 años) quien además fue compañero mío de facultad y con quien me recibí en 1950. El equipo se completa con  el Lic. Juan Manuel Gavio (76 años) que colabora con nosotros desde hace 20 años. Muchos colegas me cuentan de sus peleas, nosotros no hemos tenido nada de eso”. Pero a la suerte, Berta la acompañó con mucho trabajo. Cuando ingresó a la Facultad, las mujeres representaban menos del cinco por ciento del alumnado, por lo que cuando entraban a clase, muchos compañeros, extrañados, les preguntaban qué hacían en el recinto. “Venimos a estudiar, como ustedes”, respondían, a lo que los varones contestaban, “Sí, pero son mujeres”. Ello no impidió que luego de arduos años de estudio y una vez logrado su título, visitara a su profesor de Derecho Laboral, el Dr. Hugo Alsina que era Director del Instituto de Enseñanza Práctica (que sigue funcionando en la actualidad) para que la dejara trabajar allí. “El Dr. Alsina aceptó pero sólo si lo hacía ad honorem. El nunca lo supo, ¡pero yo hubiera pagado por trabajar allí! Así es como ingresé al Instituto y  transcurridos los primeros tres años, pasé a formar parte de la planta estable. Allí trabajé hasta 1980 y fueron años fantásticos. Era maravilloso poder ayudar a toda esa gente. Solucionar los conflictos que afligían a tantas personas fue mi gran premio porque ¿quién dijo que el éxito tiene que traducirse necesariamente en dinero? Nadie puede pagar la satisfacción que me causó hacer este hermoso trabajo porque a la vez que atendíamos las necesidades de litigar y de defensa de los ciudadanos, también formábamos a los alumnos que venían al Instituto”.  

Con el tiempo la Dra. Goligorsky se hizo conocida ente los Jueces de Familia a través de sus escritos y comenzaron a designarla, ellos mismos, como curadora (una figura equivalente a la del tutor pero responsable de las personas insanas). “Que confiaran en mí para semejante responsabilidad fue uno de los mayores premios dentro de mi trayectoria. Pero tuve tantas alegrías…Una vez me vino a ver un hombre agobiado por el hostigamiento de su acreedor. Reconocía la deuda pero no la podía afrontar porque había cerrado la fábrica en la que trabajaba, su esposa estaba enferma y tenía dos hijos adolescentes que iban a la escuela. Entonces me puse en contacto con el acreedor, que era un empresario y le explique la situación. Después de un rato de charla le propuse que le diera un empleo a su deudor para que con el tiempo, pudiera pagarle de su sueldo. Al principio la idea le pareció descabellada y no quiso aceptar, pero cuando lo convencí de que no perdería nada, acepto. Cinco años después, mi cliente había pagado su deuda y en la empresa estaban tan contentos con él que lo habían ascendido”.

Cuando hablamos de su vida personal, me dice que le hubiera encantado casarse y tener hijos y muchos nietos, pero lo cierto es que eso nunca “se dio” por lo que se dedicó a viajar por el mundo cada vez que pudo. Como resultado de sus viajes publicó dos libros, Vagabundeando por el Lejano Oriente y Hawai (1977) y Vagabundeando por Polinesia, Oceanía y Asia Tropical (1979). “Aunque no lo crea,” cuenta Berta con picardía, “treinta años después, para Navidad, sigo intercambiando postales con algunas de las personas que conocí en mis viajes. Hoy mi vida es muy distinta porque hace tres años me caí y me rompí la cadera, por lo que ya no litigamos en Tribunales, una pérdida enorme para mí. Por eso ahora nos dedicamos exclusivamente al asesoramiento y el que quiera nos puede encontrar en el estudio de lunes a jueves por la tarde”. Cuando le pregunto cómo logró llegar a su edad con tanta salud, se encoge de hombros y dice que es vegetariana desde hace 50 años porque no quiere matar para comer cuando puede alimentarse perfectamente con frutas, verduras, cereales y yogurt. 

Antes de irme me confía su último deseo: “terminar mi vida sin molestar a nadie, sin molestarme a mi misma y pasar del sueño corto al sueño largo”.

Que así sea.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Viktor Emil Frankl, (1905,Austria -1997, en Viena) fue un neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador de la Logoterapia. Sobrevivió desde 1942 hasta 1945 en varios campos de concentración nazis, entre ellos Auschwitz y Dachau. A partir de esa experiencia, escribió el libro El Hombre en busca de sentido. Frankl decía que era entendible que las personas buscáramos destacarnos y ser exitosas en lo que emprendiéramos, pero siempre recordaba que más importante que logar el éxito era encontrarle un sentido a lo que hacíamos.
A veces, la tarea que emprendemos es, para nosotros, tan enorme, tan titánica que nos cuesta encontrar o sostener ese sentido. El cuento que sigue siempre me ayuda a encontrarlo.

EL ANCIANO, EL NIÑO Y LAS ESTRELLAS DE MAR


Versión libre que escribí sobre el hermoso cuento “The star thrower” de Loren Eiseley


Había una vez un niño que vivía en un pueblo pequeño, a orillas de un mar grande y distante. Al niño le gustaba su pueblo por sus casas bajas de techos desparejos y coloridos. Todas las mañanas el niño acostumbraba caminar por la playa. Le gustaba descubrirle las novedades a la arena y los colores a las olas.


Una mañana clara salió a caminar más temprano que de costumbre y al  cruzar los primeros médanos, lo vio.  La playa estaba tachonada de estrellas de mar que habían sido arrojadas a la playa. Las había por miles. Rojas de fuego, de un pálido naranja, de un verde húmedo o de rosa ilusionadas. Frágiles, sedientas, abandonadas... El niño en seguida sintió una gran pena, sabía que las estrellas de mar viven sólo unos pocos minutos fuera del agua. Con tristeza en el corazón, caminó sin prisa y sin saber qué hacer ante tanta belleza y tanta pena juntas.


Cuando alzó sus ojos, en el horizonte vio una silueta que se movía frenéticamente. Una y otra vez, de la orilla hasta la rompiente y de la rompiente a la orilla...Y caminó hacia ella. Cuando estuvo cerca, se dio cuenta que era un anciano, de rostro cansado y paso ágil, de pelo blanco y mirada concentrada, quien arrojaba las estrellas más allá de la rompiente. Parecía incansable...


 —¿Qué hacés? —preguntó el niño.

—Arrojo estrellas al mar para que no mueran, dijo el viejo.

La mirada del niño se perdió entre la playa y el mar.

—¿Para qué? Son demasiadas. Nunca vas a poder con todas ellas...

El anciano le siguió, por un segundo, la mirada al niño y rápidamente tomó una estrella. La miró con cariño y con enorme energía corrió hacia la orilla y  la arrojó hacia el agua, más allá de la rompiente. Con picardía se volvió al niño y le dijo:
 

—Para ella sí tuvo sentido.


Entonces el  niño  tomó una pequeña estrella y lo acompañó en su gesto.

—Y para ella también.

jueves, 8 de agosto de 2013


Las invito a leer la nota que escribí para la Revista Sophia, edición de agosto. Esto es lo que pienso de las redes que las mujeres tejemos y que nos tejen. 


Ninguna  mujer  está  sola


Hay mujeres que valoran lo femenino y hay mujeres que en el fondo o en la superficie lo consideran inferior a lo masculino. No es algo que elijan hacer, es algo que sienten porque o bien fueron educadas para que pensaran de esa forma, o a través de sus vivencias llegaron a esa dolorosa conclusión. 

Toda mujer, lo sepa o no, lo valore o no,  teje y es tejida en una red  femenina que ayuda a construir y que también la sostiene. Esto viene sucediendo desde los tiempos más remotos en los que nos unimos para sobrevivir e imagino que seguirá sucediendo en la medida que sigamos siendo humanas.

Las mujeres tejemos relaciones afectivas, de trabajo, de asociación puntual muy próximas o no tanto,  dentro de nuestras familias, en espacios laborales, en los clubes que frecuentamos, en la clase de gimnasia, en el taller de arte al que vamos o incluso en la concina mientras preparamos la comida con la ayuda de otras o mientras tejemos juntas.

Sin embargo, existe una diferencia enorme, un salto cuántico entre una mujer que sabe que teje relaciones con otras mujeres y la que no lo sabe o no las valora. Cuando somos conscientes de que somos un punto dentro de una trama que nos soporta, sabemos que somos responsables de sostener ese tejido no sólo porque ese entramado  social y de afectos y relaciones nos sostiene, sino porque sin él, toda la trama sufre. Cuando una mujer sabe que integra una red femenina nunca está sola porque aún cuando así se sienta, siempre habrá alguna a la que acudir para pedir ayuda, consuelo o cobijo. Cuando una mujer sabe que integra una red femenina cuenta con la solidaridad y el apoyo que le da ese grupo de mujeres que actúa como plataforma de lanzamiento para su vida y para cualquier proyecto que quiera emprender. Estas mujeres se valoran por lo que se dan mutualmente  por lo que son. Son capaces de amar y respetar todo lo femenino y receptivo que hay en el mundo y de preservarlo como reservorio para tiempos difíciles. Y así prosperan.

Por el contrario, las mujeres que o bien no saben que integran un entramado de pares o no lo valoran, tampoco estarán jamás solas pero les faltará la confianza básica que tienen en lo femenino y en su poder. Es ese soporte incondicional el que pude ofrecer una mujer a otra cuando el mundo, por algún motivo,  se lo niega o no puede dárselo. Por eso, una mujer nunca está sola pero elige de qué manera participa de la red que la contiene.